Powered By Blogger

Volveré

22 may 2009

La gente que se olvida (o de Darío para Rubén) (Basado en Días de Sal 1)

Rubén podía olvidarse de muchas cosas. De pagar las facturas, de comprar comida, del nombre de las personas que recién conocía, de estudiar, poner el despertador, y una larga lista de etcéteras. Sin embargo, aunque intentó, jamás pudo sacar de su cabeza aquel momento en el que se secó.

El otro día caí en su departamento sin avisarle, para darle una sorpresa, arriesgándome a no encontrarlo; aunque poco probable, pues siempre estaba encerrado. Al verlo, lo noté apagado como de costumbre. Así y todo nunca dejo de recordar su sonrisa y la alegría que irradiaba.

"¿Qué hacés Rubé?" le dije cuando me abrió la puerta del Hall del edificio. "Hola Diego, cómo estás?" respondió, demasiado formal, y lejano. "Bien viejo, estás re flaco!".

No respondió. Estaba en otra, ido. Ni siquiera me daba bola. "Loco, estás bien? No había notado la cara de puto que te quedó desde que te mudaste a Recoleta, jajaja" bromeé, y reí. Se tentó con mi risa. Siempre lo hacía.

Me acuerdo cuando de pibe iba a lo de mi tía y allá estaba él. Jugábamos mucho a la pelota. Era un delantero con futuro y yo un mediocampista con buena pegada. En el momento en que llegaba a la puerta del caserón, donde vivía con su vieja, en San Telmo, yo bajaba con la n° 5 abajo del brazo y él me abría sonriente. Ni saludaba a mi tía. Subíamos directamente por la escalera hasta la terraza y ahí nomás empezábamos.

Yo tiraba centros y él tiraba magia. Lo admiraba mucho. Era mi primo menor, con las cualidades que a mí me faltaban. El hermano que nunca tuve y siempre estuvo ahí, ayudándome, hasta la adolescencia.

Cuando cursábamos la secundaria, no soportó más la distancia que su mamá imponía emocionalmente a pesar de convivir, porque estaba tan seca como él está el día de hoy. Desde la muerte de mi tío, la vieja no pudo superar el dolor. Se aferró a ella misma, sin fortalecer sus raíces, rindiéndose cada día un toque más, olvidando a su hijo emocionalmente.

Nada le importaba salvo su pasado. Tal vez por eso él empezó a olvidar lentamente todo hasta que terminó olvidando a la gente que realmente lo quería. Tal vez eso que nunca pudo olvidar, es el dolor que sentía al ver muerta tanto a su madre, como a su padre. Y lo frustrante era que aún intentando con todas sus fuerzas irradiar alegría para ella, nunca lo logró.

No sé dónde quedó el Rube joven, el pibe, "la pulga", como le decían en el club. No; la pulga ya no vivía más en él. No importa cuánto tiempo lo buscara o fuese a su encuentro. De tanto ir, ya estaba secándome yo.

Luego de saludarnos, me preguntó "Qué pasó? Por qué viniste sin avisarme?". Parecía que quería desprenderse de mí. No quise molestarlo, quería verlo bien. Sin embargo, esta forma de maltrato, la peor manera de decirme "No te quiero ver", me hizo sentir una flor marchitándose. "Nada vieja, pasaba por acá, quería saludarte y ver si no tenías ganas de tomar una birra". "No che, estoy re ocupado, pero te llamo cualquier cosa" me dijo.

Listo, me fui a la mierda después de decirle que esperaba su llamado, sabiendo que no iba a llamarme. Después de todo, Rube se olvidaba de casi todo. De rescatar su rancho, de comprarse ropa, de pagar las expensas, de llamar a la gente que lo quería, de buscar actividades, entre una larga, larga, larga listas de etcéteras.

2 comentarios:

Ana dijo...

muy casero, está bueno, el misterio es que sucedió en el medio, para que todo termine asi, pero bueh, tu sabrás mejor que yo eso :)

besotes Jona, que estés bien.

M. dijo...

me gustó, eh. (estoy quemada y por ahora no puedo decir mas q eso).