Rubén podía olvidarse de muchas cosas. De pagar las facturas, de comprar comida, del nombre de las personas que recién conocía, de estudiar, poner el despertador, y una larga lista de etcéteras. Sin embargo, aunque intentó, jamás pudo sacar de su cabeza aquel momento en el que se secó.
El otro día caí en su departamento sin avisarle, para darle una sorpresa, arriesgándome a no encontrarlo; aunque poco probable, pues siempre estaba encerrado. Al verlo, lo noté apagado como de costumbre. Así y todo nunca dejo de recordar su sonrisa y la alegría que irradiaba.
"¿Qué hacés Rubé?" le dije cuando me abrió la puerta del Hall del edificio. "Hola Diego, cómo estás?" respondió, demasiado formal, y lejano. "Bien viejo, estás re flaco!".
No respondió. Estaba en otra, ido. Ni siquiera me daba bola. "Loco, estás bien? No había notado la cara de puto que te quedó desde que te mudaste a Recoleta, jajaja" bromeé, y reí. Se tentó con mi risa. Siempre lo hacía.
Me acuerdo cuando de pibe iba a lo de mi tía y allá estaba él. Jugábamos mucho a la pelota. Era un delantero con futuro y yo un mediocampista con buena pegada. En el momento en que llegaba a la puerta del caserón, donde vivía con su vieja, en San Telmo, yo bajaba con la n° 5 abajo del brazo y él me abría sonriente. Ni saludaba a mi tía. Subíamos directamente por la escalera hasta la terraza y ahí nomás empezábamos.
Yo tiraba centros y él tiraba magia. Lo admiraba mucho. Era mi primo menor, con las cualidades que a mí me faltaban. El hermano que nunca tuve y siempre estuvo ahí, ayudándome, hasta la adolescencia.
Cuando cursábamos la secundaria, no soportó más la distancia que su mamá imponía emocionalmente a pesar de convivir, porque estaba tan seca como él está el día de hoy. Desde la muerte de mi tío, la vieja no pudo superar el dolor. Se aferró a ella misma, sin fortalecer sus raíces, rindiéndose cada día un toque más, olvidando a su hijo emocionalmente.
Nada le importaba salvo su pasado. Tal vez por eso él empezó a olvidar lentamente todo hasta que terminó olvidando a la gente que realmente lo quería. Tal vez eso que nunca pudo olvidar, es el dolor que sentía al ver muerta tanto a su madre, como a su padre. Y lo frustrante era que aún intentando con todas sus fuerzas irradiar alegría para ella, nunca lo logró.
No sé dónde quedó el Rube joven, el pibe, "la pulga", como le decían en el club. No; la pulga ya no vivía más en él. No importa cuánto tiempo lo buscara o fuese a su encuentro. De tanto ir, ya estaba secándome yo.
Luego de saludarnos, me preguntó "Qué pasó? Por qué viniste sin avisarme?". Parecía que quería desprenderse de mí. No quise molestarlo, quería verlo bien. Sin embargo, esta forma de maltrato, la peor manera de decirme "No te quiero ver", me hizo sentir una flor marchitándose. "Nada vieja, pasaba por acá, quería saludarte y ver si no tenías ganas de tomar una birra". "No che, estoy re ocupado, pero te llamo cualquier cosa" me dijo.
Listo, me fui a la mierda después de decirle que esperaba su llamado, sabiendo que no iba a llamarme. Después de todo, Rube se olvidaba de casi todo. De rescatar su rancho, de comprarse ropa, de pagar las expensas, de llamar a la gente que lo quería, de buscar actividades, entre una larga, larga, larga listas de etcéteras.
Volveré
22 may 2009
21 may 2009
Pandemia Boricua A
DOMINGO
Hoy el cielo estuvo más gris que de costumbre. Los días otoñales son perfectos para pensar, soñar y recordar. Más aún si es durante una caminata por la ciudad, y mejor si no tengo un rumbo fijo.
La noche anterior mi novia decidió dejarme por otro tipo. La noticia fue un baldazo de agua fría, pero no me lo tomé mal. Después de todo, nunca creí en su amor. Supuse que era lo mejor para ella.
Así que hoy no tuve ganas de ver a nadie. Me levanté tarde. Necesitaba descansar, como hacía tiempo no lo hacía. Preparé café, amargo y fuerte, y me acordé del primer "como vos" que mi ahora ex novia, solía decirme cuando hacía café, medio en broma. Desafortunadamente, yo sabía que la otra mitad era en serio, y no reía, no sonreía. Dejaba que ella se divirtiera sola.
Bebí el café lentamente. Lo saboreé con tranquilidad. Me concentré en mí, sólo en mí. ¿Qué veía? Era un desierto lo que encontraba. Un desierto donde el Sol quemaba como una brasa incandescente colgando de una tela color cielo, fría y estéril.
Necesitaba salir, caminar, cambiar de ambiente y estar solo. Las nubes conquistaron el cielo y el color gris se impuso. No se veía al Sol por ninguna parte. No había rastros de él, simulando un Dios ausente.
Las calles no estaban pobladas. Es domingo. Tal vez por eso la gente decidió de antemano quedarse mirando como zombies el televisor o dormir una siesta descansando del descanso. Pasando el letargo antes de recomenzar la rutina.
LA CALLE
Caminé por varias veredas en triste estado, esquivando pozos y del lado de la calle.
Los autos pasaban cerca de mí. A veces frenaban sobre la senda peatonal. Recuerdo que en los semáforos miraba detenidamente las expresiones de las personas, encerradas en esas semicárceles con ruedas. "Es domingo", pensé.
Caminé por varias veredas en triste estado, esquivando pozos y del lado de la calle.
Los autos pasaban cerca de mí. A veces frenaban sobre la senda peatonal. Recuerdo que en los semáforos miraba detenidamente las expresiones de las personas, encerradas en esas semicárceles con ruedas. "Es domingo", pensé.
Las nubes se movían unidas, como en largas filas. Yo seguía preguntándome cómo podía volver a sentir amor por otra mujer, si el amor nunca es correspondido.
Casualmente, los autos venían empaquetando solamente a una persona, el conductor, y a su cara de domingo. Perdí la cuenta de cuántas cuadras caminé. Sólo sé que antes de volverme decidí hacer una parada en un bar para tomar otro café.
Casualmente, los autos venían empaquetando solamente a una persona, el conductor, y a su cara de domingo. Perdí la cuenta de cuántas cuadras caminé. Sólo sé que antes de volverme decidí hacer una parada en un bar para tomar otro café.
En Corrientes y Ayacucho entré en un bar, y vino una moza a preguntarme qué se me ofrecía. "Me das un café bien fuerte por favor?" le dije sin mirarla. "Sale un café bien fuerte para el señor" respondió, y me dio la sensación de que se rió de mí, y pensó que soy un amargado, aunque no puedo dar fé de eso.
Sonreí, solo, en la mesa, creyendo que tenía razón. Noté que debía intentar pasarla mejor.
EL BAR
Así que en ese mismo momento, elegí disfrutar del paisaje. Miré a la moza , aprovechando que estaba de espaldas a mí; la escaneé. Era morocha y petisa. Su pelo era fino, alisado; caía hasta la mitad de su espalda y se ondulaba al final. Tenía piernas grandes y unas caderas hermosas. Poco me importó mi ex novia por unos segundos.
Disimulé para que no notara mis clavados ojos en su figura. El bar estaba casi vacío, salvo por un señor mayor dedicado exclusivamente a leer su diario. Aparentaba estar demasiado concentrado como para darle importancia a su taza llena de no sé qué. En una punta, una mesa de dos, y una pareja de jovenes besándose como si quisieran devorarse e ignorando sus vasos de jugo exprimido. También estaban en el bar dos personas tras la barra, y la moza que, al volver a observarla, estaba mirándome con unos ojos marrones preciosos. Al notar que mis ojos se posaron sobre ella, corrió la mirada inmediatamente.
"No está riéndose de mí", pensé. "Le gusto" me dije, para darme fuerzas.
LA MOZA
En seguida, llegó el café. La morocha hermosa retiró con calidad la taza con café de la bandeja, luego un vaso con jugo de naranja. No dejé que terminara de depositar el azúcar sobre la mesa, cuando me animé a preguntarle: "¿Cómo te llamás?". Esos impulsos no se razonan. Con las mujeres no se razona a la hora del cortejo. Por eso no me molestó haber sido tan brusco.
Al parecer, a ella tampoco le molestó. Sólo se sintió un poco incómoda al principio; lo noté en sus ojos.
"Virginia" me dijo sonriente. "Me llamo xxx. Es la primera vez que vengo a este bar, pero si me prometés que vas a volver a regalarme tu sonrisa te juro que mañana mismo me tenés acá otra vez". Se sintió más incómoda todavía. Volvió a sonreir y yo no pude más que devolverle la sonrisa. Sin embargo se retiró hacia el mostrador, entre confundida y halagada.
"Virginia!", la llamé. Ella acudió a mi llamado. No sabía cómo decirle que estaba enamorado de su cuerpo. No sabía cómo convencerla de que se sentara conmigo a tomar un café (yo la invitaba). No sabía cómo proponerle conocernos. Estaba seguro: Si llegaba a interesarse un poco en mí, el mundo le habría parecido nuevo, excitante, peligroso. El Sol y el cielo no serían ya lo mismo, todo sería más gris.
"Qué necesitás xxx? Está feo el café?" me preguntó. Todo iba bien, ella hacía que me sintiera bien. "No, el café está joya. Se puede fumar acá?" le pregunté. Con las mujeres no se razona, pero no me gustó haber sido tan cobarde. "No, tenés que ir a afuera" me dijo. "Es comprensible, no te preocupes" respondí, y se fue, sonriendo. Las primeras palabras que cruzamos no fueron las más coherentes de todas...
Tomé mi café, divagando. No sabía qué hacer, cómo actuar, era demasiado bella. Le gustaba como soy. A sus ojos, parecía un pibe distinto, pero ella no estaba segura de ello, y yo menos.
Pagué, divagando. La llamé con un "disculpame" y le hice un gesto-garabato con la mano que ella interpretó como "traeme la cuenta", todo mal. Estaba embotado, como cuando lo arrastra a uno las olas en la playa de Santa Teresita. Ahí, donde meditan las conchillas. Donde te cortan las cuchillas del mar. No supe actuar espontáneamente. Saqué un cigarrillo y me fui con el pucho apagado hasta la puerta.
En seguida, llegó el café. La morocha hermosa retiró con calidad la taza con café de la bandeja, luego un vaso con jugo de naranja. No dejé que terminara de depositar el azúcar sobre la mesa, cuando me animé a preguntarle: "¿Cómo te llamás?". Esos impulsos no se razonan. Con las mujeres no se razona a la hora del cortejo. Por eso no me molestó haber sido tan brusco.
Al parecer, a ella tampoco le molestó. Sólo se sintió un poco incómoda al principio; lo noté en sus ojos.
"Virginia" me dijo sonriente. "Me llamo xxx. Es la primera vez que vengo a este bar, pero si me prometés que vas a volver a regalarme tu sonrisa te juro que mañana mismo me tenés acá otra vez". Se sintió más incómoda todavía. Volvió a sonreir y yo no pude más que devolverle la sonrisa. Sin embargo se retiró hacia el mostrador, entre confundida y halagada.
"Virginia!", la llamé. Ella acudió a mi llamado. No sabía cómo decirle que estaba enamorado de su cuerpo. No sabía cómo convencerla de que se sentara conmigo a tomar un café (yo la invitaba). No sabía cómo proponerle conocernos. Estaba seguro: Si llegaba a interesarse un poco en mí, el mundo le habría parecido nuevo, excitante, peligroso. El Sol y el cielo no serían ya lo mismo, todo sería más gris.
"Qué necesitás xxx? Está feo el café?" me preguntó. Todo iba bien, ella hacía que me sintiera bien. "No, el café está joya. Se puede fumar acá?" le pregunté. Con las mujeres no se razona, pero no me gustó haber sido tan cobarde. "No, tenés que ir a afuera" me dijo. "Es comprensible, no te preocupes" respondí, y se fue, sonriendo. Las primeras palabras que cruzamos no fueron las más coherentes de todas...
Tomé mi café, divagando. No sabía qué hacer, cómo actuar, era demasiado bella. Le gustaba como soy. A sus ojos, parecía un pibe distinto, pero ella no estaba segura de ello, y yo menos.
Pagué, divagando. La llamé con un "disculpame" y le hice un gesto-garabato con la mano que ella interpretó como "traeme la cuenta", todo mal. Estaba embotado, como cuando lo arrastra a uno las olas en la playa de Santa Teresita. Ahí, donde meditan las conchillas. Donde te cortan las cuchillas del mar. No supe actuar espontáneamente. Saqué un cigarrillo y me fui con el pucho apagado hasta la puerta.
EL CIGARRO
Estaba buscando, antes de salir, el encendedor. El muy hijo de puta se las había ingeniado para esconderse dentro de mi bolsillo. Mis manos temblaban, sabía que no podía irme así. Iba a quedar muy mal ante los ojos de la única persona que podía cambiarme el domingo. Di media vuelta y miré a Virginia. Ella me miraba pero yo no sabía qué quería decirme. Saludé con la mano y crucé la puerta. En ese momento, ella me gritó "xxx! esperá!" y vino tras de mí. La gente del bar pareció entender nada. Entendían menos que yo.
"Puedo fumarme un cigarrillo con vos en la puerta? Estoy con unas ganas de fumar terribles..." me dijo. "Obvio Virginia, me encantaría! no quería irme sin hablar con vos" le dije. Le convidé un cigarrillo y fuego. Hablamos de cosas banales, de cosas profundas. Hablamos de todo un poco. Nos caímos muy bien y todo fluyó perfecto. Todo muy gris...menos ella.
Quedamos en encontrarnos esa noche. Ella salía a las veintidos horas y yo iba a pasarla a buscar para ir al cine de trasnoche de la calle Lavalle. Me aseguré para que ese proyecto quede lo más firme posible. No quería construir absolutamente nada en el aire. Nada.
"Puedo fumarme un cigarrillo con vos en la puerta? Estoy con unas ganas de fumar terribles..." me dijo. "Obvio Virginia, me encantaría! no quería irme sin hablar con vos" le dije. Le convidé un cigarrillo y fuego. Hablamos de cosas banales, de cosas profundas. Hablamos de todo un poco. Nos caímos muy bien y todo fluyó perfecto. Todo muy gris...menos ella.
Quedamos en encontrarnos esa noche. Ella salía a las veintidos horas y yo iba a pasarla a buscar para ir al cine de trasnoche de la calle Lavalle. Me aseguré para que ese proyecto quede lo más firme posible. No quería construir absolutamente nada en el aire. Nada.
19 may 2009
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