Eran las nueve y ocho de la mañana. Por la ventana con rejas en el exterior, podían verse nubarrones oscuros, cargados de agua a punto de caer de esas bolsas gigantes de vapor, de esos algodones empapados. El ruido del roce de los iones hacía estremecer a alguna vieja internada en el hospital Posadas.
La cama, al lado de la ventana, ya tenía mal olor. La señora, la noche anterior, había sudado tanto y había sufrido pérdidas, además de haber padecido mucha fiebre. Gemía de dolor y nadie la oía esa mañana. Las enfermeras jugaban, entretenidas, con el pene del cirujano, en la sala de descanso. Mientras tanto, los minutos pasaban y la vida de la anciana se retiraba, pacientemente.
Eran las diez y monedas. Las gotas, cansadas de su cárcel, caían del cielo y cada impacto en el suelo era un dolor punzante en el corazón de la señora. mil trescientas veinticuatro gotas soportó su corazón hasta quedar paralizado de dolor. Un dolor que acarreamos desde el momento en que nacemos, todos, en la primer revolución. Un dolor que la señora, luego, no sintió más. Su mente trabajó durante treinta minutos más, tratando de apaciguar el dolor, aplicando dosis de alguna falopa natural para que la señora pueda descansar, aunque sea, por esa media hora, en paz.
Por otro lado, en ese mismo momento en la sala de parto, un bebé nacía. Una nueva vida surgía un domingo lluvioso por la mañana. El cuerpo de su joven madre sufrió tras su cuarta cesárea, sin embargo la anestesia cumplió bien con su trabajo. El bebé... salió morado, y el cordón umbilical, sangriento y despiadado, enroscábase en su cuello inocente y puro, enseñándole que la vida no era fácil. Enseñándole que mejor no haber aparecido por ahí. Supo cómo darle la bienvenida. El bebé no pudo respirar por un tiempo, y ya sufría riesgo de muerte. Si no fuese por los médicos, él hubiera desistido, pero todas las prácticas realizadas dieron los resultados esperados, y luego de una cesárea que duró cerca de cuarenta minutos, el pequeño humano siguió con vida.
"Hay solamente un error congénito y es la noción de que existimos para ser felices"
Arthur Schopenhauer
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14 abr 2009
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3 comentarios:
No es una paradoja, pero yo naci cianotica (?).
La frase de Schopenhauer (copy/ paste, siempre a la orden del día), cerró bien tu cuento, si se trata de las paradojas de la vida-Veo que te gusta poner nombres en tu cuento, nombres comunes, es como el recurso de Cortazar, de acudir a lo mas simple y a lo mas extravagante.
Me encanta Cortazar-.Al margen, tenés dos lados vos también, minimo dos, tendrás un par más.
Saludos Jona y que estés bien :)
leí ese relato en el foro de Filo, pero te firmo ahora para opinar sobre tu banner, me encanta la frase que tiene, con esas letras rojas y el ratón.
Te agreadezco de nuevo por la buena onda, te juro que hice el primer posteo en el foro y pensé "uy, de acá me linchan por pendeja y carente de experiencia"
Un beso!
Me gustan mucho las metáforas, cuanto más extravagantes, mejor, y me gusta en este caso como las manejás... bue, mi opinión ya te la he dado cuasi personalmente, pero tenía ganas de decir lo de las metáforas porque así me hago la que sé de recursos literarios... jaaa!! Esto de hacer la primaria con cada paciente me ha servido para aprender cosas interesantes!
M AR U
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